martes, 22 de agosto de 2017

De la antología de fábulas de A. Calderón

Jean de La Fontaine (1621 – 1695)

Iba un muerto tristemente

a su postrera morada,

y alegre un cura ese muerto

a enterrar se apresuraba.

Conducían al difunto

en carroza funeraria,

empaquetado y vestido

de una ropa que se llama

ataúd, ropa de invierno

y de verano, que gastan

los difuntos, y que nunca

por otro vestido cambian.

Iba el párroco a su lado;

cual de ordinario, rezaba

salmos y jaculatorias

oraciones funerarias,

versículos y responsos,

preces y aleluyas santas:

–Dejadme hacer, señor muerto,

os daré de todas tallas,

pues que sólo del salario

en esta caso se trata.–

El buen cura con los ojos

a su muerto devoraba,

como si alguno robarle

aquel tesoro intentara;

y decirle parecía

con sus ávidas miradas:

–De vos tendré, señor muerto,

tanto en cera, tanto en plata,

y tanto que importar deben

otras menudencias varias.–

Una pipa de buen vino

comprar con eso pensaba;

cierta sobrina graciosa

y su camarera Paca,

era justo que tuviesen

de aquel fondo unas enaguas.

Era tan gratos pensamientos

vuelca el carro, el muerto salta,

y con el choque al buen cura

la cabeza desbarata;

el parroquiano de plomo

así a su párroco arrastra,

y se van cura y difunto,

los dos en buena compañía.

Es en verdad nuestra vida

como el cura que contaba

con su muerto, y como Petra

con su leche derramada.

martes, 8 de agosto de 2017

La jornada

Jesús Urzagasti, Gran Chaco (1941 – 2012)

Larga y aparentemente inútil es la jornada de los pájaros

breve y contundente la del que camina al borde del abismo

al final sólo quedan los cerros y las llanuras infinitas

la noche que se repetirá con sus inauditas floraciones

las trenzas de las muchachas en las siestas del verano

el mundo redondo y la tierra alumbrada por astros remotos

y el hotel de un ciudad lejana que alguna vez te albergó

sin medir las consecuencias de tu mirada de animal ciego.

Eso queda al final y la voz que no es la misma de antaño

y la historia como un árbol que crece bajo otras lluvias

y los caminos de bordes colorados para detener la locura

todo junto no alcanza para silbar y caminar por las calles

todo lo reunido cabe en la tos y en la campera aún mojada

todo en los tendones en la cabeza en los cabellos crecidos

en la guitarra que se desmorona entre molles y sauces

en la embriagadora brisa que sopla libre y fraternal

incluida la mano franca de tantas ausencias redimidas.

pero el que te soñó galopando como potro indómito

conserva la joya resplandeciente de las premoniciones

la mujer encarnada una y otra vez en el alba indecisa

la palabra que se parapetó en el silencio para hacer fuego

una y otra vez sobre las causas efímeras una y otra vez

hasta despertarte arrimado a la luz volando como un pájaro.

El árbol de la tribu

sábado, 29 de julio de 2017

Nunca es tarde

Por: Jorge Antonio Encinas Cladera

Al sentir el crujido de las hojas secas

bajo mis pies cansinos de cera,

advierto que mi otoño ha llegado

devorando a la hojarasca abyecta.

Sinfonía mágica de sones ocultos,

que armoniza con el parpadear del cirio;

ondas que calcinan las hojas secas

que anidan en el rencor de mi pena.



¿Por qué saciar la sed del odio

cuando se sigue a lo tardo y duro?

Sé luz que nace en la caverna,

sé del amor tan solo su vena.

Dejaste morir a la sombra

maniatado al ruin embrollo

y aún esculpes el cínico epitafio

que carcome vil al sutil aroma.



Y crujiendo las hojas secas

se despiden con un canto al odio

siendo vuelo de gansos en tarde tibia,

siendo céfiro en patética agonía.

Nunca es tarde para ser crepúsculo,

ni gaviota fugitiva en la vida;

ni es tarde para ser viejo

cuando se es el suspiro del viento.

domingo, 23 de julio de 2017

Cobarde

De: Israel Balladares Chavarría

Te sentaste

mojada por la lluvia que caía por dentro

comenzaste con la sonrisa fingida



absurda



si yo ya sabía hasta el gesto que ponías al

estornudar

te creíste el cuento del olvido

el cuento del "si lo ves ya lo superaste"

me contaste secretos como a un desconocido



tonta



esos mismos secretos me los contaste en casa

solo cambiaste personajes



te volviste la protagonista

ilusa



porque no dejamos de hablar y de inventar

historias

porque disimulas que ya quieres que corra a ti

¿cobardía?



buenas tardes,

hasta luego

me sirvió más a mí que a ti



hasta luego

lunes, 10 de julio de 2017

Venerable tiempo

De: Elmer Vázquez Miranda

El tiempo se encargó, en silencio,

de preservar tu voz y tu poesía

que sutil brotaba de tu alma

para que una juventud desconocida

perciba los detalles de la vida

para que la niñez encuentre calma.



Y te presentó en el teatro de este siglo

en el teatro virtual en que ellos viven

para que sientan el perfume de las rosas

y valoren la belleza que perciben.

Jamás pensaste que los hijos de mis hijos,

asistirían a escuchar tus versos,

al recital que después de 100 años,

presentas hoy a un público selecto.



Hoy reconozco al futuro de un presente,

que lejano se pierde en mi memoria,

y respeto más al tiempo que lo siente

y que atesora para sí, tu historia.

martes, 4 de julio de 2017

Canción de invierno

En estos tristes días, tan brumosos de invierno,

en que el sol, siempre ausente, nos niega su calor,

mi corazón ardiente, que es, a la vez, tan tierno,

reclama como nunca, la fuerza de tu amor.

Y en estas noches hondas, tan hondas como abismos,

tan largas, tan calladas, tan negras y tan frías,

me invade la nostalgia de mis romanticismos,

y lloro más que nunca, mis muertas alegrías. . .

Todo parece, en torno, que copie mi tristeza,

como si envuelta fuera mi dicha entre las brumas. . .

¡Si hasta en el aire creo notar la sutileza

de un llanto que se quiebra como un montón de espumas. . .!

¡Qué triste yo me siento con este sol de invierno,

que casi nunca brilla, y no nos da calor. . .!

Mi corazón ardiente, que es, a la vez, tan tierno,

reclama como nunca, la fuerza de tu amor. . .

Josefina de Cepeda y de la Hoz

El diamante

El sannyasi había llegado a las

afueras de la aldea y acampó bajo

un árbol para pasar la noche.

De pronto llegó corriendo hasta él

un habitante de la aldea y le dijo:

“¡La piedra! ¡La piedra!

¡Dame la preciosa Piedra!”

“¿Qué piedra?”, preguntó el sannyasi.

“La otra noche se me apareció en

sueños el Señor Shiva”, dijo el

aldeano, “y me aseguró que si venía

al anochecer a las afueras de la

aldea, encontraría a un sannyasi

que me daría una piedra preciosa

que me haría rico para siempre”.

El sannyasi rebuscó en su bolsa

y extrajo una piedra.

“Probablemente se refería a ésta”, dijo, mientras entregaba la piedra al aldeano.

“La encontré en un sendero del

bosque hace unos días. Por supuesto

que puedes quedarte con ella”.

El hombre se quedó mirando la piedra

con asombro. ¡Era un diamante! Tal

vez el mayor diamante del mundo, pues

era tan grande como la mano de un hombre.

Tomó el diamante y se marchó.

Pasó la noche dando vueltas en la cama,

totalmente incapaz de dormir.

Al día siguiente, al amanecer,

fue a despertar al sannyasi y le dijo:

“Dame la riqueza que te permite

desprenderte con tanta facilidad

de este diamante”.

Anthony de Mello – El canto del pájaro.